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Relatos Travesía Rosario - Escobar Relato: Roberto Vilmaux TRAVESÍA ROSARIO – ESCOBAR
DEL VISO – LUNES 27 DE JULIO - 2,30 DE LA MAÑANA
Ladran los perros como si supieran que es hora de levantarnos. Segundos después suena el despertador. Las dos y media de la madrugada, hace apenas un rato que nos habíamos ido a dormir, a las doce, más o menos. Ya esta todo preparado, los tres botes atados en el techo de la camioneta de Gustavo, las palas, la comida, el agua, la ropa, las carpas, las bolsas de dormir, el disco para cocinar, mil etcéteras y nosotros, Soledad, Gustavo y yo (Roberto).
Unas semanas atrás, Gustavo propuso hacer esta travesía bajando desde Rosario a Escobar, la cual nos llevaría 5 días. Desde el lunes 27 al viernes 31 de julio. Partimos desde la casa de Soledad y Gustavo, rumbo a un punto indeterminado para mi, creo que Tortuguitas, en búsqueda de Gabriel (Gadea), quien nos haría el favor de traer la camioneta luego de nuestra partida de Rosario. Llegamos a Rosario sin contratiempos, con Gabriel durmiendo en la caja de la camioneta rodeado de los bultos de la travesía. Todavía no había amanecido y teníamos tiempo para desayunar en la estación de servicio cerca de la costa del río. Esperando el semáforo para entrar en la estación, un humito que sale del capot de la camioneta da la señal de alarma. Una abrazadera que revienta, el agua del radiador que se pierde, y la travesía que estuvo a punto de naufragar antes de empezar. Mil intentos de reparaciones, abrazaderas muy chicas o muy grandes, y finalmente el famoso “lo atamo con alambre”, salvador. Para eso un alambrado vecino perdió un tramo de su constitución. (Era para una causa justa). Con la reparación nos alcanzaba para transitar las 10 o 15 cuadras que nos quedaban para llegar al punto de partida, pero el tema era más grave, así que desayunamos mientras Gabriel llamaba al Colo Weir, quien nos dio una mano salvadora con la camioneta. Desde una playita al lado de la guardería “Puerto de Palos” partimos cerca de las 9,30. No había viento, sol casi a pleno, el río corría a buen ritmo. Pronto fuimos dejando atrás Rosario. Algunos pocos puntos reconocidos por mi, que era mi primera navegación por la zona, y solo estuve en Rosario otra vez, la cancha de Rosario Central, el Monumento a la Bandera, y después todo nuevo. Más tarde llegamos a unas islas donde el canal de navegación para los barcos se abría hacia el lado entrerriano. Nosotros seguimos por la costa bordeando las islas donde había amarradas muchas chatas cerealeras y el barco “Alianza G3”, similar al que estuvo amarrado cerca del club hasta hace un par de años. En este punto presenciamos un accidente de transito entre una niveladora y varios botes de pescadores. ¿Lo que?... Si. Sobre la costa había un grupo de casas precarias, justo debajo de la barranca de unos cuantos metros de altura. En la playa una fila de botes de madera de pescadores cada uno con un color diferente, lo que daba un colorido peculiar a la escena. Acabábamos de pasar cuando oímos gritos y un estruendo, justo para ver la niveladora que terminaba de desbarrancarse por un camino que bajaba desde arriba de la barranca, y daba de lleno a varios de los botes. No mató a nadie, de milagro. Al medio día habíamos pasado Arroyo Seco. Ahora un vientito de popa y a desplegar las velas. Y allá fuimos. Mi primera experiencia como “Velekayakista”. Viendo pasar la costa a muy buen ritmo, anduvimos con las velas hasta la hora de almorzar. Luego de un breve descanso de menos de una hora, otra vez al agua de nuevo con las velas, pero el viento nos duro poco. Nos fuimos acercando a Villa Constitución. Desde lejos veíamos algunas construcciones de esa ciudad. Después de pasar por entre un grupo de islas en una zona donde encontramos poca agua, volvimos a salir al canal de navegación y ahora el río corría con ganas. Estábamos al comienzo de la curva que da el Paraná antes de Villa Constitución. Una curva interminable. Son aproximadamente 13 km. En el extremo más abierto de la curva nace el Paraná Pavón, y ahora se me ocurre una idea para una travesía… Llegamos a una bruta fábrica, que ahora veo en el Google Earth es Acindar, varios buques amarrados a cada lado de la costa, y el pensamiento, repetido varias veces durante el trayecto, “¿cuanto estará contaminando esto al río?”. Pero teníamos una urgencia mas mundana que la de calcular lo que contaminan estos monstruos, ¡Hambre! ¡Ganas de parar de remar! ¡Un mate, por favor! A la vista, allá lejos, estaba nuestro punto de destino para ese día. La isla El Infiel. El GPS marcaba casi 7 km. más, hasta su extremo más cercano, Gustavo propone buscar un lugar para acampar antes de la isla, yo agarro viaje enseguida. Nos acercamos a la costa derecha y terminamos cerca de la desembocadura de un arroyo, pero si bien había lugar, la costa era muy alta para bajar. A esa altura, vuelvo a mirar el GPS y estábamos a 2,5 km. de la isla, por lo que decidimos continuar hasta allí. Las 5,05 de la tarde. 68,5 km. de recorrido, y acabó la primera jornada de paleo. La isla en esa parte, esta desierta, un par de casas abandonadas adentro del monte, árboles jóvenes, poca leña, una playita apta para desembarcar y señales del paso de pescadores y otros “turistas”, esto es, plástico, mugre y demás. Fue cayendo la noche y el campamento quedó armado, leña suficiente para cocinar y abrigarnos un poco del frío y un resto para la mañana siguiente. Gustavo cocinó unos bifes al disco, que estaban buenísimos, y muy temprano, nos fuimos a dormir.
ISLA EL INFIEL – MARTES 28 DE JULIO - 7 DE LA MAÑANA
Hace frío, luego de una noche fría, pero que no seria la peor. El celular me dice que hay que levantarse. Le hago caso, y abrigado hasta los dientes salgo a reavivar el fuego mientras Soledad y Gustavo se levantan. Hacia mucho tiempo que no dormía tanto, cansado como estaba luego de la larga jornada de remo y de haber dormido poco la noche anterior. Fueron 10 horas reparadoras, solo interrumpida por la visita de una vaca curiosa y a la que espante con un grito que asusto a la vaca y hasta algún fantasma que pudiera andar rondando junto al cuadrúpedo.
A las 9, como el resto de los días estábamos en el agua. Viento en contra. Olitas. Chau velas por el día de hoy, hola mitones, que hace un frío que hiela las manos. Estábamos a pocos km. de San Nicolás. Llegamos pronto. Otra vez el monstruo de hierro. La ex Somisa (no se como se llama ahora). Me hizo acordar a la película Brazil, con esas inmensas estructuras y ahora que lo pienso, también me viene a la mente la tapa del CD de Pink Floyd, “Animals”. El Paraná en esa zona, es tan inmenso como la fábrica, de un extremo al otro debe tener unos 5 km. de ancho, con dos islas en el medio. Continuamos navegando entre la isla más cercana a la costa del continente, y a pesar del viento en contra seguíamos a un buen ritmo. Para ese día nuestros planes eran algo ambiciosos. Almorzar en Obligado y acampar en San Pedro. Era mucho, como nos enteramos cuando llegamos a Ramallo a la hora de comer. Nos quedaban más de 40 km. hasta San Pedro. Aquí mi cámara de fotos se dio una mojadura y dejó de funcionar. Tenía agua en el cockpit y las bolsas estancas son buenas, siempre y cuando uno las cierre. Perdón por el chivo, pero la bolsa demostró su efectividad, porque no salió ni una gota del agua que había entrado por dejarla abierta. Resignados de no llegar a San Pedro almorzamos unos fideos “maruchan”, salvadores de todos los mediodías por la rapidez en hacerse, y continuamos viaje. Hasta donde llegáramos. La idea de todos los días era remar hasta las cinco y buscar lugar, con el suficiente tiempo para recolectar leña y acampar antes de la caída de la noche. Faltaba poco para llegar Obligado. Se veían las antenas a medida que nos acercábamos por la curva de la “Vuelta de Obligado”. Ya con ganas de parar íbamos viendo algún lugar. Como dicta la ley de Murphy, durante el día pasamos por infinidad de buenos sitios para bajar, pero ahora no encontrábamos ninguno. Yo le digo a Gustavo, “que te parece aquella playita que se ve allá”. Lo que me hizo caer en la cuenta de que debo llevar un largavista a las travesías, ya que a medida que nos acercábamos, la playita se transformaba en una costa cada vez más alta. Imposible acampar allí, sobre todo por los carteles de prohibido bajar, acampar, pescar y etc… Volvemos a cruzar el río y pasamos de largo Obligado, nos hubiera gustado parar un rato allí, sacar algunas fotos, pero nos corría el tiempo, ya eran pasadas las cinco. Encontramos un lugar donde la costa era baja, un abrevadero para las vacas, las muchas que había en ese lugar. Bajamos, pero acertadamente, Gustavo, nos señala el detalle de que había muy pocos árboles, que además de la segura falta de leña, no tendríamos cobijo para el rocío y una posible helada que se veía venir. Así que, otra vez a remar, por unos veinte minutos, habríamos hecho ese día unos 62 km., hasta que encontramos el lugar adecuado. Era más reparado que el anterior, había leña suficiente, aunque más allá del bosquesito en que estábamos, era campo pelado. Cuando oscureció, aparecieron algunas luces por allá adelante, de una calle o casa, y veíamos pasar de vez en cuando las luces de algún auto. Probablemente algún camino de San Pedro a Obligado. Esa noche me tocó cocinar a mí. Guiso de arroz al disco. Con mucho chorizo colorado y panceta. Calorías para la noche fría.
EN ALGUN PUNTO CERCA DE SAN PEDRO – MIERCOLES 29 DE JULIO - 7 DE LA MAÑANA
Hielo. Está todo helado, con razón tuve tanto frío durante la noche. Las tapas de los tambuchos congeladas, los cabos duros como hierro. Cayó una helada de aquellas. Me cuesta reavivar el fuego, la leña esta húmeda. Soledad y Gustavo se levantan con tanto frío como yo. Finalmente, luego de varios intentos, el fuego brota trayendo algo de alivio. El sol se levanta y montañas de niebla cubren toda la costa de enfrente. Del medio del río hacia Entre Ríos, es un manto blanco.
Desayunamos y salimos a navegar. Antes de sentarme en el kayak tuve que sacar la capa de hielo que se había formado en el asiento. ¡Socorro, que frío que estaba! Gustavo ya había estado por la zona en ocasión de la travesía que hiciera hace unos meses de Santa Fe a Escobar, así que no le costó mucho encontrar la boca del arroyo San Pedrito. Menos mal porque en el mapa del GPS no figuraba ese arroyo. Este fue un tramo que rompió la monotonía del río ancho y disfrutamos del paisaje de la zona mientras nos acercábamos a San Pedro. Pronto llegamos a la zona urbana y encontramos algunas despensas, necesitábamos pan, ya que no habíamos llevado ni una migaja y estábamos comiendo sin pan. “No. Acá no, paramos en la otra…”. “Vamos un poco más allá, en la próxima bajamos…” Y así, hasta que no hubo próxima y nos quedamos sin pan… Aquí una aclaración. Desde el vamos proyectamos la travesía para ir por afuera, por el Paraná, esto es, sin pasar por el Río Baradero. Esto alarga el camino unos 30 km., pero todos los que hicieron el río Baradero, Gustavo incluido en su travesía desde Santa Fe, dicen que es un río aburrido y pesado. Por tanto proyectábamos seguir ese día por el Paraná hasta entrar el Paraná de las Palmas y acampar lo más cerca que pudiéramos de la Zanja Mercadal. En mi caso, también, este derrotero era una ocasión para cumplir la aspiración de poder navegar el Paraná de las Palmas desde su nacimiento Así que allá fuimos, dejamos atrás el San Pedrito, el Náutico San Pedro, el Puerto y otra vez en el Paraná. ¡Viento a favor! Gustavo levanta su vela. Yo espero a terminar de cruzar. Soledad levanta su vela. Yo espero… ¿Qué espero? El viento esta de través y es fuerte ahora. Hay tráfico intenso de barcos en esa zona, varios areneros van y vienen. Finalmente me decido y levanto la vela. Ésta se había aflojado y queda algo inclinada. Mis compañeros se habían alejado, y la acomodo como puedo. Más adelante se detienen y me esperan, pero no es fácil llegar porque con las dos velas juntas avanzan rápido sin remar. Maniobro con cuidado y en el segundo intento llego y me pongo “a salvo”, agarrándome del bote de Soledad. Un catamarán con tres velas. Mientras Gustavo ajusta mi vela, avanzamos hacia la isla San Pedro. El agua pasa por arriba de las cubiertas y estoy todo mojado. Nos separamos. En un rato quedo solo y voy acercándome a la costa, por las dudas. Ya estábamos en la punta de la isla. Voy haciendo apoyos con la pala y dejo de remar porque veo que la costa pasa hacia atrás a gran velocidad. ¡¿Como paro esto?! Voy frenando con la pala, pero nada, el kayak sigue su loca carrera. Me resigno a parar cuando me deje el viento. Por la mitad de la isla, el viento amaina y ya me atrevo a dejar los apoyos y mover la vela para ofrecer menos superficie al viento, que finalmente, cerca del final de la isla, se acaba y otra vez la dura tarea de tener que remar para que el kayak avance. Al medio día paramos un rato para almorzar, otra vez las maruchan, y ya en territorio desconocido para los tres, continuamos avanzando buscando la boca del Paraná de las Palmas. Otra vez con las velas desplegadas, avanzamos descansados y a buena velocidad. Por allá lejos veíamos algunas construcciones de Baradero, que pronto quedaron atrás. Ahora el manejo de la vela por mi parte, se hizo más amigable. Con el viento de través, se puede mover para ofrecer más o menos superficie, y manejar la velocidad y evitar posibles complicaciones con las ráfagas que puedan mover el kayak. Llegamos a una zona donde el río se ensanchó. Por lo que veía en la carta, deberíamos esta a la altura de la isla de Los Laureles, luego otra isla más, detrás de ésta, y estaríamos muy cerca de la boca del Paraná de las Palmas, pero no vimos donde empezaba la isla, ya que está muy cerca de la costa, y la indicación de que ya estábamos nos vino del puente de un buque que apareció a nuestra derecha como circulando encima de la costa. Cerca de allí el arenero “Atahualpa” de Escobar, chupaba arena en el medio del río. Ese fue el último tramo a vela, bien de popa teníamos al viento, como para darnos un cierre de función. Aquí el río hace, por un lado, una curva de casi 90º, el nacimiento del Paraná de las Palmas, y más allá, continúa el río Paraná Guazú, con otra curva casi paralela y ambos cursos se acercan por un trecho en que corren juntos a muy poca distancia. Acampamos unos kilómetros río abajo, en un lugar repleto de leña, árboles caídos, y cardos secos y aplastados por los caballos que andaban pastando cerca y que se fueron cuando nosotros llegamos. Por lo demás, estaba desierto, aunque a veces escuchábamos voces y algún ladrido de perro. En el río, una draga iba y venía en un trecho de unos mil metros, hasta la primera curva río arriba, giraba y volvía hasta un poco más debajo de donde estábamos acampando. La cena fue una “entrada” de papas fritas al disco, hechas por Soledad y lo que quedaba del guiso de la noche anterior. Estábamos cansados para ponernos a cocinar algo más elaborado y finalmente, creo que antes de las ocho y medía, con otros 60m. a cuestas, caí muerto en la carpa.
CERCA DEL NACIMIENTO DEL PARANA DE LAS PALMAS – JUEVES 30 DE JULIO - A LA MISMA HORA QUE TODOS LOS DÍAS
Con puntualidad inglesa, son las 7 de la mañana y estamos levantándonos. La draga continúa su paso por el lugar como toda la noche. Va y viene, va y viene. No hace tanto frío como las otras mañanas, quizás porque estamos bien reparados por los árboles. Mientras Soledad y Gustavo hacen el café con leche, voy cambiándome, hoy la ropa esta bien seca, y desarmando la carpa.
Calculábamos que estábamos a 40 o 45 km. de Lima, el destino para el 4º día. La perspectiva de un baño y una cama después de 4 días, nos hizo olvidar, o al menos dejar a un lado, que otra vez teníamos viento en contra y el río no tiraba como hubiéramos deseado. Río abajo encontramos de donde provenían las voces que escuchábamos por la noche. ¡Que vecinos que tuvimos! De haberlo sabido, seguro que parábamos en otro lado. Muchas curvas. Para un lado y para el otro. Cruzamos el río un montón de veces. Nos acompaño durante un buen tramo la draga, u otra similar a la que encontramos más arriba, y también una lancha con el mismo logo de la empresa de la draga, que iba y venía continuamente, recorriendo el río por tramos, suponemos, midiendo la profundidad del canal de navegación. Al mediodía paramos una hora cerca de la desembocadura del Río Baradero y reanudada la marcha llegamos pronto a la central Nuclear de Atucha. Allí el consabido pensamiento de que pasaría si ocurriese un “Chernobyl Argentino”. Mejor no pensar en eso y seguir remando… A las 4 de la tarde llegamos al Club de Pescadores de Lima, en la jornada más liviana de todas, que finalmente fue de 48 km. Con cuidado subimos los kayaks por una rampa de cemento y nos sentamos al sol a tomar unos mates. Después vino una copiosa ducha de agua bien caliente. Alquilamos un bungalow, una habitación con tres camas, un pequeño comedor, con mesa, sillas y un anafe, y con una estufa eléctrica que iluminaba más de lo que calentaba. Y baño privado. Todo un lujo luego de los días pasados en el monte. Cocinamos en la habitación, ¡Basta de aire libre! Hamburguesas, que compramos en la proveeduría del camping, donde nos llevamos una decepción al enterarnos de que no tenían ningún tipo de pan. Y bueno, sería otro día más sin pan…
CLUB DE PESCA DE LIMA – VIERNES 31 DE JULIO – A LA MAÑANA
Como si fuéramos a trabajar. Otra vez las siete de la mañana. Suena el despertador. Afuera hace mas frío que nunca. Esta nublado. Adentro, con la estufa/lámpara prendida toda la noche se soporta bien, aunque yo la pase mejor porque me lleve la bolsa de dormir. En cambio, Soledad y Gustavo confiaron en las frazadas y se ca… de frío toda la noche.
El derrotero de ese día parecía un trámite, ya llegamos, pero faltaban 60 km. y había que remarlos. Sobre todo porque otra vez el viento del este. Ni pensar en las velas, que cerradas no molestan para nada y uno llega a olvidarse que las lleva. Salimos de Lima y apareció otra vez la draga, que parecía querer acompañarnos hasta Escobar. En la primera curva descargó el producto del dragado del río, y después de eso ya no la vimos más. Más adelante, el tramo hasta Zárate, se hizo algo monótono, río ancho, desierto y con más curvas, ni un alma andaba por esos lados. Pasando el Puente Zárate Brazo Largo, hicimos una parada corta en una playita del camping Las Tejas. Cuando reanudamos la marcha, el río era un hervidero de tráfico de barcos. Cruzamos para cortar la curva, pero tuvimos que volver para el otro lado, porque unos remolcadores estaban sacando un barco de un amarradero. A todo esto, dos areneros pasaron río abajo, un chata de combustible subía, y otro buque varado en el medio del río, nos obligaron a extremar los cuidados. Llegamos a Campana. ¿Qué decir de esta zona, no? “Los monstruos contaminantes” aquí, se llaman Esso y Siderca. Y más abajo unos silos de productos químicos, que vaya uno a saber que tienen adentro. La última vez que pase por allí no había tantos, ahora por la numeración que tienen hay más de 80. Pasando la zona de las terminales paramos para comer sobre la costa derecha, en un inconcluso camino asfaltado que llega al río. Mucho frío. Nos re cag… de frío en esa parada. Las últimas maruchan y latas de pate. Y galletitas, claro, porque al pan lo extrañamos en toda la travesía. De allí nos quedaban unos 20km. para llegar al club. Tardé como 5 km., para recuperar el calor que perdí en esa parada. Después, Otamendi, el Canal 6, el Santa María, el Zorrilla, el Arroyo Las Rosas, el Arroyo Largo y el cruce al Club. Aquí otra vez don Murphy metió la cola. Gustavo quería filmar el cruce, el río estaba bastante picadito, con buenas olas. Preparó la bolsa estanca de la cámara, la aseguró con una cuerda al pecho y el salvavidas, todo listo para la filmación. Y Se acabaron las baterías de la cámara… Llegamos al club cerca de las 5 de tarde. Fin para una travesía en que, salvo pan, tuvimos un poquito de todo…
Roberto Vilmaux
Dos agradecimientos: A Gabriel Gadea por el retorno de la camioneta de Gustavo, con todas las dificultades adicionales por el desperfecto, y por el préstamo del GPS, y los mitones y a Gerardo Weir por la ayuda, en Rosario, también por el tema del vehículo, lo que nos permitió seguir adelante con la travesía.
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